La emergencia del coronavirus está teniendo consecuencias directas en la forma de entender la sociedad. La pandemia está trastocando los pilares centrales del capitalismo; la economía se desploma y el Estado emerge como nunca lo había hecho para dar resguardo y protección a la vida.  Tras la contención sanitaria, se esconde una dialéctica que siempre ha estado latente y que llega a todos los ámbitos. También al paradigma urbano y los parámetros de movilidad habituales. Tanto es así, que los coches ya no siembran de ruido y humo las ciudades, que permanecen en una quietud extraña. La pregunta, no obstante, es si los automóviles volverán a tomar el asfalto tras la pandemia o si esta es una buena oportunidad para repensar las ciudades.

No obstante, el transporte público se empieza a percibir como uno de los principales hervideros del coronavirus…motivo por el cual hay que comenzar a trabajar en políticas y planes de acción para la vuelta a la normalidad, ya que un retorno que podría traer consigo un uso masivo de los vehículos de combustión interna, ya que el miedo al virus no desaparecerá y el transporte público puede ser fruto de una estigmatización. Hay que tratar de evitar que la gente vuelva usando más el transporte privado porque eso haría que subiera la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que aumentaría aún más los riesgos de enfermedades y muertes prematuras por la calidad del aire.

Es necesario que las instituciones públicas apuesten por fórmulas que permitan dar al transporte público una percepción de seguridad y limpieza vírica. Para ello se deben empezar a incrementar las frecuencias de parada, además de habilitar carriles exclusivos para buses, evitando atascos y tardanzas. Esto permitiría, según los expertos, que los pasajeros puedan respetar el distanciamiento social que los sanitarios aconsejan mantener, al menos hasta que llegue una vacuna.

El riesgo de una regresión en materia de movilidad es real. El riesgo al contagio en el transporte público y la suspensión de sistemas de multas y zonas de bajas emisiones –durante la pandemia– podrían fomentar un aumento del uso del coche, por lo que los colectivos ecologistas empiezan a reclamar medidas ayuden a que la transición a la normalidad no suponga el destierro de las políticas verdes en los ámbitos urbanos. «No podemos permitir que salir de la emergencia sanitaria signifique adentrarnos en otra crisis con mayor contaminación y mayor congestión», zanjan desde Greenpeace.

Dentro del caos, la bicicleta se presta como el primer ladrillo para repensar las ciudades y vaciarlas, en la medida de lo posible, de coches privados y contaminación. Es una oportunidad para hacer intervenciones rápidas y justificadas, pero que se puedan consolidar en el tiempo y nos permitan avanzar hacia otro modelo.